Carta de una Anciana
Hace algún tiempo mi esposa y yo nos dimos a la tarea de visitar a una anciana, la cual hacía varios años no veíamos. Ella es viuda, un alma preciosa, llena de sabiduría y de vida.
Durante el rato que estuvimos ahí tomó un viejo piano y nos dio todo un recital. Descubrí que era graduada universitaria, fundadora de los dos primeros “ kinder ” en el país y una connotada concertista. Durante esos momentos no pude contener mis lágrimas, lagrimas que también afloran al escribir estas líneas.
En esa oportunidad, divagaron por mi mente varios pensamientos, como el hecho de sentir que, a varias de estas personas, no a todas, prácticamente se les ha desechado por sus familiares o parientes cercanos, pues, según nos percatamos, prácticamente no era visitada, ni siquiera por los dos hijos que tenía. ¡Muy triste y desolador! También pensé lo raros que somos, pues estamos relegando toda una fuente de sabiduría, que nos sería sumamente útil para resolver tanta situación que se presenta hoy día. ¡Cuán sabios consejos afloran de los labios de los ancianos! ¡Que falta de consideración hacia aquellos que un día lo dieron todo por nosotros!
Al respecto me encontré por ahí, en uno de los libros de lectura, la cita de una carta escrita por una anciana que estaba llegando a los ochenta años, y su contenido sorprendió a su familia, porque ellos no se habían percatado de sus sentimientos y necesidades.
Lo siguiente es parte de esa carta: “No me gustar tener que depender de mis hijos para que hagan cosas por mí que yo misma podía hacer hace pocos años. Lo cierto es que ahora los papeles se han cambiado, y yo soy tu hija que te necesita de manera especial. Necesito tu paciencia ahora cuando no oigo lo que dices por primera vez; así que, por favor, no te incomodes. Necesito tu paciencia cuando pienso demasiado en el pasado. Necesito tu paciencia con mi lentitud y mis hábitos establecidos. Quiero que seas tolerante con lo que los años me han hecho físicamente. Y por favor, sé comprensiva con mis hábitos de cuidado personal. Realmente no puedo ver cuándo mi vestido está sucio o el piso necesita limpieza. Derramo líquidos. Pierdo cosas. Me inquieto demasiado cuando trato de entender mi estado bancario. No puedo recordar a qué hora tomar mi medicina, o si ya la he tomado. Soy simplemente muy lenta. Ya no puedo moverme rápido, y eso me molesta a mí tanto como a ti. Trata de entender; algunos días no tengo deseos de vestirme, y por eso en esos días estoy con mi bata de dormir al mediodía. Tomo muchas siestas, lo sé, porque te oí decir: “Deja de pasar todo el tiempo durmiendo”. Bueno, a veces dormir me ayuda a pasar el día. Cuando no tengo en mis manos otra cosa que tiempo, una siesta de quince minutos me parece una hora.
Finalmente, (el apóstol) Pablo escribió: “Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece”. ¡Sé que yo también lo puedo! Quizás no puedo hacer todo lo que quiero, de la manera en que solía hacerlo, pero cuanto consuela saber que no tengo que depender sólo de mí misma. Es una sensación maravillosa saber que Él cuida de las aves, y cuidará también de mí. Pienso que tener ochenta años no es tan malo después de todo. Dios me ha bendecido mucho.”.
Podría haber algún (a) anciano ( a ) o persona mayor, miembro de su familia que esté pensando en forma similar a lo que esta anciana escribió. Dentro de cada cuerpo envejecido hay un ser humano que respira y siente que necesita ser amado y comprendido a medida que los estragos de los años cobran su cuenta.
¿No cree usted que conviene que meditemos al respecto y hagamos algo para enmendar la página?
Última actualización: 10/10/2022







