Crónicas desde el Pabellón de Mujeres de la cama 33 a 38
La vida es un camino corto lleno de aventuras y retos, desde mi experiencia se sobrevive a todo gracias al amor y sus tonalidades. No cabe duda que hay diferentes personas que nos acompañan y conviven en el camino y en algún momento van recogiendo los frutos de aquello que sembraron, sus cosechas dependerán que semilla coloquen.
Ingresé al pabellón el 01 de octubre, compartí mi estadía con un matiz de mujeres de diferentes edades, desde menores de edad hasta adultas mayores con diferentes situaciones de salud e historias de vida, algunas entrelazadas por los mismos caminos de nuestros pueblos y otras solo por compartir dolencias. Al fin y al cabo, juntas, en un trayecto del camino que la vida nos permitió compartir.
Aunque dependiendo de la situación de salud una podría hasta agradecer que lo llaman a internarse para atener el sufrimiento, lo cierto es que hasta la fecha no he tenido la oportunidad de conocer persona alguna que por ferviente pasión y sin necesidad alguna opte por internarse en un centro hospitalario. Es algo así como una situación que nunca se desea experimentar, porque se relaciona con alguna peripecia en la salud, lo que implica un cambio en el diario vivir. Así de primera entrada ya llega uno con una mezcla de sentimientos y sentires, por un lado, se quiere recuperar el quebranto sufrido en la salud y lograr ser internado para recuperarse, y por otro; uno desea nunca haber llegado a tal internamiento y no ve la hora en regresar a casa.
Además del dolor físico de ingreso, se suman el sufrimiento emocional (dejar nuestras familias, modos y ritmos de vida cotidianos), psicológico (todo tipo de recriminaciones personales adecuadas a cada caso repasando en nuestras mentes razones por las cuales caímos al hospital), y espiritual (rogando a Dios y pidiendo fuerzas para resistir todo lo físico y soportar a su vez el desconsuelo de nuestra alma agobiada), así el sabernos internadas implica un torrente de emociones, reconocer nuestra fragilidad al vernos tendidas en una cama de hospital, incertidumbre sobre cómo lograremos superar todo lo que implica el salir del hospital y en qué estado, llegando al sentimiento del miedo de cómo prepararnos para la sobrevivencia. Durante esta este tiempo surgen todas las interrogantes en nuestros escenarios imaginarios posibles ante el dilema de cómo enfrentarnos a los cambios que dicha experiencia hospitalaria surtirá en nuestra vida futura.
Teniendo claro el panorama comparto desde el Pabellón de Mujeres de la cama 33 a 38 algunas de las vivencias del 01 al 07 de octubre del 2022. Es de suponer que muchos de quienes están leyendo se identificarán rápidamente, espero algunas de las que compartimos la experiencia sonrían al recordar las vivencias compartidas y opacar así aquel suplicio.
A nadie le falta Dios: La sonrisa y ánimo que inyecta al alma el Capellán del Hospital Presbítero Javier es refrescante, nos trae algo de nuestra vida exterior cada mañana, nos hace recordar que Dios cada día esta con nosotras, y nos ama; así rezamos, oramos y recibimos la comunión quienes compartimos el sacramento. Quienes no, con respeto mantienen el silencio y la espera.
Yo aseguro que el bolso del padre fue cocido por el mismo Jesús con hilos invisible de multiplicación, nunca falta su pregunta: ¿Chiquillas, alguna necesita algo? y de inmediato dicta una lista de artículos que no logre saber cómo entran allí, lo cierto es que como el mismo dice “siempre ando en este bolsito de todo por si alguna ocupa, y si no ando ayudo a conseguir”. El padre es toda una generosidad ambulante, cordial en su trato y hasta le es posible cuenta una que otra anécdota; dice ya tiene 16 años de Capellán, cuando llegó al hospital el padre Bermúdez tenía 20 años en ello según le comentó, me parecieron tantos dice el padre Javier, increíble cómo pasa el tiempo en cuatro más tendré los mismos que tenía él. Sus palabras se plasman con sinceridad. Así cada mañana entra un pedacito de cielo al pabellón y nos dan esperanza.
Además del padre, siempre encuentra uno almas caritativas, como decía una adulta mayor al bañarse: ¿Hay por aquí un alma caritativa y buena que me ayudé a moverme?, a lo que respondí; si hay una, pero también ocupa de otra para moverse de aquí, así, sin ni siquiera vernos ambas reímos de nuestros decires, al final logramos ayuda de otra alma caritativa en movimiento que nos trasladó hasta nuestras camas.
Para dicha nuestra, la compañera de la cama 34 a pesar de su situación podía caminar por sí misma, fue un alma de Dios para ir al puesto de enfermería a realizar alguna consulta. Ayudaban también con acercarnos a algunas sillas de ruedas o alimentos, la infinita red de cuido que tenía la paciente de la cama 38, quién tiene más de 60 días internada, sus amigas y familiares desfilan con la hoja de permiso especial para cuidarla, una simpática adulta era la mayor de todas, le ponía sonrisas a la vida a pesar de estar encamada. La solíamos molestar la hora de vista cuando le correspondía a su esposo, quien es una sencillez de hombre que nos solía saludar con su fuerte voz con un ¡Hola chiquillas!, e igual se despedía al irse, salía rojo de tanto halago que le hacíamos de verlo todo catrineado y del hermoso gesto de amor de venir a ver su esposa.
Las menores de edad eran cuidadas con igual ahínco por sus familiares directos, recuerdo una joven mujer que cuidaba a su hermana menor, estaba pegada a la cama día y noche cada vez podía hasta que llegará la madre para cambiar de turno. Al darle la salida espero gran cantidad de horas hasta marchar todas juntas.
En el pabellón existen algunas almas capacitadas en medicina y enfermería cubiertas de vocación y humanidad, da gusto saber que hay gente así, tanto que uno está deseando el cambio de turno para saber si se tiene la suerte de que lleguen donde una. Otras que, por el contrario, una no ve el momento de que llegue la hora del relevo para que se vayan y lograr sufrir a gusto y tranquilidad; sin perder ante todo la esperanza que el nuevo turno venga con por lo menos un alma sincera, caritativa y bondadosa además de su especializado conocimiento.
Hay una historia que escuche sobre la Madre Teresa de Calcuta y su mayor benefactor, era algo más o menos así: él fue a buscarla y estaba ayudando a las personas en los baños, la siguió para hablarle, ella continuó luego realizando curaciones de heridas y llagas de las personas enfermas. Viendo la situación el benefactor le dijo, yo ni por todo el dinero del mundo hago lo que usted está haciendo, ella sonriendo respondió, yo tampoco; por eso lo hago por amor.
En el camino de la vida se nos permite sembrar y a la vuelta cosechar, hay que estar preparados para no sorprendernos y encontrarnos con nuestro propio bumerán. Pues quienes siembren amor, cosecharan felicidad, quienes siembran vientos, cosecharan tempestades. Siempre cada persona tiene la libertad de escoger, depende de cada quién la semilla que siembre.
En la próxima entrega continuamos con la historia….
Última actualización: 17/10/2022







