Crónicas desde el Pabellón de Mujeres de la cama 33 a 38
La identidad es un concepto amplio, suele estar asociado a rasgos o características que permiten la diferencia entre una y otra persona, o cosa, diferenciándola del resto; por ejemplo, la identidad personal el nombre, número de cédula, color de ojos, entre otras. La identidad colectiva por otro lado, es aquella que compartimos con otras personas, como el lugar de nacimiento, la nacionalidad, las costumbres, las creencias, los valores. Es aquello común que se comparte y a la vez que nos diferencia de un colectivo en determinado momento.
Durante la permanencia en San Francisco de Asís, al igual que en otros centros hospitalarios, el constante movimiento de pacientes, el tiempo de permanencia, la velocidad de entrada y salida nos vuelve como dicen los estadísticos, población flotante, al estar generalmente de tránsito.
Conforme pasa el tiempo se van notando actividades diarias en atención a la salud. A partir de la de observación una busca acomodarse con el sistema. En lo personal, en ningún hospital he recibido una inducción de cómo funciona, se asume que es de conocimiento común el saberlo y manejarlo; así que trato de prestar atención para aprender.
Al darse los cambios de turno cuando el personal hospitalario va y viene cama por cama, hacen entrega de pacientes para lo cual denotan ciertas características que lo hacen identificable, medicamentos que administran, situación en la que se encuentra, y así se continua hasta terminar con todo el pabellón.
En ese momento una realiza una identificación rápida, trata de estar atenta para escuchar y retener nombres del personal, rebuscar alguna identificación o bordado en la ropa que permita a la misma velocidad del cambio de turno diferenciar a quienes se quedan, de quienes se van y quién es quién. Todo un reto si sumamos la situación en la que como paciente se tiene.
Obviamente en ese lapso de tiempo, la concentración máxima está en escuchar lo que se dice sobre el estado de salud y saber si hay alguna novedad, aunque se retienen algunas características relevantes del personal médico.
En esta ocasión me referiré a la identidad individual y colectiva que se experimenta cuando se está internada. Cada quién tendrá su propia vivencia, comparto la de la cama 33 a la 38 en el pabellón de mujeres:
La identidad individual: Entre aquel ajetreo del cambio de turno, se da el asunto de la identificación individual. No cabe duda, que una está identificada casi que, hasta los dientes. Se tiene pulsera en mano, rótulo con número de cama y nombre. Sin embargo, surge una nueva forma de comprender rápidamente ¿Quién soy?, el nombre del paciente pasa a un segundo plano, es más simple y relevante asociar el rostro con la dolencia y la cama donde se encuentra. Aquellas compañeras con mayor estancia en el pabellón, si suelen ser identificadas por su nombre.
De forma recíproca, una como paciente también trata de relacionar apresuradamente características y rasgos del personal hospitalario para identificar ¿Quién es? el alma que se acerca a la cama. Otras veces la forma de identificar al personal médico es por su tono de voz, trato, color de cabello, peinado y hasta por su forma de mirarlo a una al realizar una consulta.
En algunos casos tuve la dicha de retener el nombre de personal que me atendió y se presentó diciendo nombre, mostrando su disponibilidad para cualquier consulta, duda o para lo que necesitara, como Dra. Víquez en Emergencias, Max en ortopedia, Greivin en Sala de Observaciones, ya en el pabellón recuerdo a Martín, y al médico interno de ortopedia César. Todo el personal del quirófano se presentó diciendo su nombre, lastimosamente no los recuerdo, retengo el detalle que algunos eran de Grecia, lo que me dio alegría al saber que las nuevas generaciones se ha preparado y asumen dichas especialidades médicas en nuestro San Francisco de Asís.
Con pesar debo decir que, aunque fue una minoría no falto una que otra a persona con un trato excepcionalmente inadecuado, de esas que, aunque se callan, los letreros de lo que piensan se les salen por los ojos con luces y escrito con mayúsculas, que si hablan uno siente se lo comerán vivo.
Una trata de comprender y justificar aquella acción, que el cansancio, que el horario, que miles de circunstancias, con el fin de restar importancia y no opacar el buen trato de la mayoría. A pesar de ello, no puede obviarse que es desagradable con tonalidades de indignación. La psicología se ha infiltrado en tantas ramas de la medicina, que a una le resulta inexplicable sucedan estas situaciones hoy en día. Pero desgraciadamente pasan. Gracias a Dios, la mayoría de personal en el hospital: aquellos con conocimientos en salud, de seguridad, limpieza, y distribución de alimentos, muestran carisma, buen trato y empatía, trasmitiendo confianza y respeto.
La identidad colectiva: A diferencia de lo anterior, una sabe el nombre de cada una de las compañeras pabellón y algún dato personal, surgiendo una identidad colectiva al compartir dolencias y estar en cama hospitalaria.
Algunas veces lográbamos estar con ánimo y disponibilidad a la hora de recibir algún alimento, se generaba entonces un espacio de tertulia donde construimos identidad hospitalaria. Los temas más discutidos giraron en torno a la vivencia, el trato y los alimentos recibidos.
Nos identificamos todas con que el hospital tiene una estructura básica que permite brindar el servicio para calmar los males. Que somos sumamente afortunados los habitantes de Grecia y alrededores en contar con dichas instalaciones.
En cuanto al trato del personal, concluimos que no debería verse el buen trato y el carisma como una característica que uno busca identificar anhelando esa persona sea la que lo atienda. Debería ser la norma el buen trato. En nuestro caso, la mitad de nosotras vivenció una desagradable e incómoda situación, por ventura identificamos eran unas pocas las personas carentes de brindar un trato digno y humano.
A pesar de nuestros infortunios, todas coincidimos en que el escuchar el carrito de la comida deslizarse por el pasillo generaba un sentimiento de alegría brindando sensación de bienestar y ánimo colectivo para sobrellevar el día a día. El personal de alimentos fue siempre amable y cuidadoso. Trataban de acomodar las mesitas para facilidad del paciente y que una logrará alimentar, a veces se presentaba cierto grado de dificultad, pues entre la dolencia, el equipo y mobiliario el espacio resultaba reducido, pero de alguna forma se las ideaban.
La estadía hospitalaria, me brindó la oportunidad de simpatizar con cinco mujeres maravillosas en un trayecto del camino de la vida. Compartimos dolencias, pequeños triunfos, alegrías, risas, penas y hasta opiniones. A pesar de las circunstancias resulto agradable.
En lo personal aprendí de la compañera de la cama 34, que Dios brinda a oportunidades para cambiar el futuro y mejorarlo, así sea por una caída accidental en la carretera. La de la cama 35 me enseñó a ser fuerte, y que una puede sostenerse de Dios cuando ya no tiene fuerzas. De la cama 36, que el mayor anhelo es no sentir dolor y estar con los seres queridos en casa para tener también salud emocional. De la cama 37, que por más inocente que se vea un pocito de agua, hay que cuidarse, y pesar de lo mal que se puede estar, siempre es posible sonreír, mantener el buen trato y ayudar al prójimo. De la cama 38, que no estamos solos, Dios se las ingenia para mandar desfiles de ángeles a cuidarnos y no perder la dulzura del carácter por más cansada y mal que se esté. Con el tiempo, la vida permite a cada quién realmente cosechar lo que se sembró.
Cada una de las puntadas que recibimos son una característica individual que ahora nos diferencia, y la experiencia parte de nuestra identidad social en la historia de superación compartida.
Hoy al finalizar estas crónicas, espero ninguna de mis compañeras se encuentren en el pabellón, de ser así, les deseo pronta salida, recuperación satisfactoria y, muy muy lejano regreso.
¡Nos vemos en la vida!
Última actualización: 01/11/2022







