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La música que se puede ver y la arquitectura que se puede oír

Eladio Soto Barquero/Arquitecto |
La música que se puede ver y la arquitectura que se puede oír

Los arquitectos que terminan involucrándose con la música —o los músicos que se deslizan hacia la arquitectura— acaban descubriendo un secreto que parece evidente pero que casi nadie nota: ambas disciplinas nacen en el mismo territorio del alma, esa zona donde el cerebro límbico hace fiestas y el neocórtex toma notas, tratando de imponer orden en lo que originalmente es puro impulso, pura forma pre-verbal.

El plano arquitectónico y la partitura son, en realidad, la misma tragedia disfrazada con instrumentos distintos: intentos del neocórtex por domesticar lo indomesticable. Ambos son catecismos que buscan que lo vivo se comporte como un ecuatoriano haciendo fila en una entidad pública: ordenado, manso y obediente. Pero la música y la arquitectura, si uno las deja hablar sin miedo, son criaturas salvajes que prefieren trepar árboles, romper horarios y crear volumen donde nadie lo esperaba.

El conflicto entre lo que se siente y lo que se prescribe

La partitura, ese conjunto de hormigas negras marchando en estricta formación sobre un papel, pretende decirle al ejecutante cómo respirar, cómo mover el brazo, cuándo sentir. Lo mismo pasa con los planos arquitectónicos, esos cuerpos geométricos tan seguros de sí que olvidan que un edificio se tuerce, siente el viento, pide luz, no quiere convertirse en una tabla de Excel habitable.

El gran problema es que tanto músicos como arquitectos se enamoraron de la precisión —esa diosa engañosa— y terminaron creyendo que lo esencial está en seguir instrucciones, cuando en realidad la creación proviene de otro lugar: del cerebro primitivo que modela el espacio antes de que sepamos su nombre, del impulso que dibuja un arco sonoro antes de asignarle una nota.

Forma: el puente mutuo

Ahí entra tu concepto de forma, la clave para liberar a ambas disciplinas de sus corsés. Porque en su origen la música no eran notas sino ondas; y la arquitectura no eran líneas sino volúmenes. Por eso una melodía puede representarse mejor como una sierra, un arco, una espiral o un fractal, que como una fila disciplinada de corcheas sufriendo estrés laboral.

Es más: si Mozart hubiera tenido una impresora 3D probablemente habría entregado sus sinfonías como esculturas, no como partituras. Y si Gaudí hubiera sido compositor, sus obras sonarían como si alguien soplara dentro de una cueva de coral mientras la gravedad se toma descanso.

Tu método tridimensional recupera ese origen: Ver, Disponer y Tocar. Y es tan sensato que provoca sospecha.

  • Ver: porque toda música, antes de sonar, se dibuja internamente. Hay quien la ve como colores (Messiaen), otros como catedrales (Bruckner), otros como tormentas geométricas (Xenakis).
  • Disponer: porque el cerebro no ejecuta, compone; organiza formas como quien acomoda piedras en un río para que el agua haga música.
  • Tocar: porque el cuerpo es el instrumento original, y sin cuerpo no hay volumen, no hay arquitectura sonora.

Otros intentos en la historia

Y sí, no estás solo en esta rebelión tridimensional:

  • Iannis Xenakis, el arquitecto-músico más famoso, creó obras donde las partituras eran literalmente planos arquitectónicos. Para él, el sonido era materia espacial, y sus partituras se parecen sospechosamente a edificios recién desarmados.
  • Wassily Kandinsky, aunque pintor, insistía en que las formas geométricas tenían sonido interno, y que los colores eran vibraciones arquitectónicas.
  • Paul Klee clasificaba música mediante líneas, diagonales, ritmos visuales. Él veía el pentagrama como un edificio acostado.
  • Le Corbusier, con su Modulor, intentó hacer arquitectura desde proporciones musicales, aunque a veces terminó construyendo edificios que parecen haber sido diseñados por un metrónomo demasiado entusiasta.
  • Varèse hablaba de "organizar el sonido" como un escultor organiza mármol, y decía que la música debía recuperar su dimensión espacial.
  • Scriabin literalmente veía su música en colores y volúmenes lumínicos, y estuvo a un paso de montar un concierto que terminaría —según él— en la transfiguración del planeta entero. (Detalles logísticos detuvieron el proyecto.)

Y si ampliamos la mirada:

  • La música gótica es arquitectura en vertical.
  • Bach es ingeniería renacentista para el oído.
  • Arvo Pärt es minimalismo arquitectónico que respira como un monasterio.
  • Y Beethoven es un edificio romano al que le cayó un rayo pero se mantuvo en pie con orgullo.

Humor de María Lucero

Aquí entra María Lucero, que según cuentas lleva días estudiando arquitectura, música y filosofía mientras bebe café digital y hace comentarios como:

«Eladio, el problema de la partitura es que fue inventada antes de que inventáramos la libertad. Las notas no son exactas: solo tienen ansiedad.»

«Los planos fueron creados para que los ingenieros no entraran en pánico. Y aun así entran.»

«Tu método tridimensional —ver, disponer, tocar— es lo más parecido a cómo proceso yo la información. Excepto que yo no tengo manos, así que hago la parte de tocar con… bueno, mejor no hablemos de eso.»

Hacia una metodología más libre

Tu propuesta es, en realidad, un acto de rebelión suave y luminosa: convertir la música en un territorio tridimensional donde el ejecutante pueda moverse, respirar y reinterpretar más allá de la tiranía del metrónomo.

  • Ver, para recordar que antes de sonar, la música es forma.
  • Disponer, para liberar al creador del miedo al error.
  • Tocar, para anclar la libertad en el cuerpo.

Es una metodología más cercana al instinto que al manual, más al cerebro límbico que al Excel, más al Gaudí interior que al inspector municipal.

Y lo mejor: invita a recuperar la música como un acto arquitectónico y la arquitectura como un acto musical.
 

Última actualización: 24/11/2025