¿Para qué tombos sin violines?
Antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza, conviene empezar con una confesión pública: esta municipalidad ha sido, con diferencia, la que más apoyo me ha brindado en el ámbito cultural. Y eso se agradece profundamente. Pero una cosa no quita la otra: cuando una institución pública toma decisiones, siempre aparecerá algún ciudadano que no las comparte. Hoy me tocó a mí.
Resulta que en estos días se habla con entusiasmo de la creación de la policía municipal. Nada contra los pobres agentes, pero uno se pregunta: ¿a quién exactamente van a vigilar?
Porque si algo caracteriza a nuestra querida Grecia no es precisamente una epidemia de acordeonistas violentos ni de vendedores de empanadas altamente peligrosos.
Sin embargo, pareciera que el nuevo enemigo público es el muchacho que llega con su acordeón al parque. El pobre incauto, con toda la osadía del mundo, pretende hacer algo tan subversivo como tocar música. Grave error. Inmediatamente aparece el espíritu burocrático: formularios, requisitos, permisos, autorizaciones, certificados, probablemente hasta un examen psicológico para verificar si la polca que piensa interpretar puede alterar el orden público.
Uno imagina la escena:
—¿Qué trae en ese estuche?
—Un acordeón.
—¿Permiso municipal para melodías en do mayor?
Mientras tanto, en otros tiempos —no tan lejanos— los monopatines practicaban cirugía mayor sobre el piso del quiosco del parque, sin que apareciera un solo guardián del orden. Y las parrandas con música estridente que convierten el quiosco en discoteca tropical improvisada tampoco parecían provocar grandes operativos policiales.
Pero cuidado: que no se le ocurra a un músico intentar elevar el espíritu humano en ese mismo lugar. Eso sí podría alterar el equilibrio del universo administrativo.
Y es aquí donde la cosa se vuelve interesante.
Porque quienes creemos en la cultura no estamos proponiendo algo revolucionario. Muy al contrario: estamos proponiendo algo profundamente tradicional. Una pequeña orquesta —la que tengo el honor de dirigir— desea presentarse en el quiosco del parque al menos dos veces al mes. Música popular, sí, pero de alto nivel. Nada de parranda barata, sino ese tipo de música que alegra el alma sin embrutecerla.
La música festiva tiene su función social, claro está. La charanga ayuda a descargar tensiones y nadie puede negar que el ser humano también necesita bailar. Pero cuando toda la oferta cultural se reduce a eso, el resultado es una sociedad entretenida… pero cada vez menos pensante.
La música del período clásico, por ejemplo, no nació para vender cerveza ni para llenar discotecas. Nació para formar seres humanos con sensibilidad, con disciplina, con conciencia de la belleza.
Y aquí surge la pregunta inevitable:
¿De verdad la prioridad del parque debe ser vigilar al ciudadano honesto?
Porque el policía municipal —ese “pobre tombo”, como diría la sabiduría popular— termina atrapado en la misión más ingrata del mundo: incomodar al muchacho que quiere tocar música, o al emprendedor informal que vende empanadas para ganarse la vida.
Todos los griegos recordamos con cariño a don Pini, que vendía copos en el parque. Si hoy apareciera, probablemente le pedirían tres permisos, dos pólizas y una declaración jurada sobre la peligrosidad potencial del sirope de fresa.
Algo se nos está torciendo en el camino.
El parque nació como espacio del pueblo. Su naturaleza misma es la convivencia: música, conversación, vendedores, niños corriendo, ancianos recordando historias. Convertirlo en territorio regulado hasta el último acorde es una forma elegante —y burocrática— de negar su esencia.
Tal vez la municipalidad debería preguntarse si su misión es custodiar el silencio o promover la vida.
Porque al final del día, el problema no es la policía. El problema es cuando la cultura queda en segundo plano.
Hace muchos años, José Figueres Ferrer lanzó una frase que todavía resuena:
“¿Para qué tractores sin violines?”
Era una manera de recordar que el progreso material sin cultura produce sociedades eficientes… pero espiritualmente vacías.
Hoy podríamos actualizar la pregunta para nuestra querida Grecia:
¿Para qué tombos sin violines?
Tal vez el verdadero progreso no consista en llenar el parque de policías, sino en llenarlo de músicos.
Cambiar algunos tombos por violinistas no sería un mal negocio para nadie.
La municipalidad educaría.
Los ciudadanos disfrutarían.
Y el parque volvería a ser lo que siempre debió ser: el corazón vivo de la ciudad.
Porque reprimir al criminal con todo el peso de la ley es necesario.
Pero reprimir la música… eso ya es un exceso de celo administrativo.
Y además —seamos honestos— la música suele ser mucho menos peligrosa que el silencio.
Última actualización: 18/03/2026







