¿Riqueza es dinero?
(Ensayo con ironías católicas y metáforas protestantes)
Desde que el hombre inventó la moneda, no ha dejado de preguntar —con voz temblorosa o codiciosa— si la riqueza es dinero. Y desde que Lutero se rebeló contra Roma, el alma occidental lleva debatiendo, entre himnos y fábricas, si Dios prefiere al banquero o al monje.
I. De Dios al capital: el milagro contable del protestantismo
Allá por el siglo XVI, cuando Europa aún olía a incienso y peste, un grupo de hombres decidió que la salvación podía calcularse con las mismas manos con que se llevaba un libro de contabilidad. Juan Calvino, con su pluma afilada y su piedad sin adornos, tradujo la gracia divina en una suerte de auditoría espiritual: si prosperas, es señal de que Dios te ha elegido; si fracasas, probablemente fuiste destinado al infierno… o al sur del mundo.
Fue el inicio de una nueva mística: el capitalismo como sacramento. Inglaterra, luego Holanda, y más tarde los Estados Unidos, edificaron templos de vidrio y acero donde el incienso fue reemplazado por humo de fábrica, y la comunión se sirvió en billetes. En sus bancos, los números ascendían como salmos, y el crédito era la nueva forma de esperanza.
Mientras tanto, en las tierras donde resonaba el español, el catolicismo mantenía otro calendario. No uno de producción, sino de procesiones; no de acciones, sino de obras. “Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja…”, recordaba el Evangelio, y con ello se selló, sin saberlo, el destino económico de un continente que aprendió a arrodillarse antes que a especular.
II. Hispanoamérica: el altar de las materias primas
Cuando llegó la Revolución Industrial —ese trueno de carbón, vapor y ambición inglesa— Hispanoamérica ya estaba condenada a ser coro y no solista. Las minas de plata, los cafetales y los bosques se convirtieron en las cuentas de un rosario que otros rezaban por nosotros. Inglaterra diseñó la sinfonía económica: nosotros aportábamos la materia prima, ellos la melodía de la manufactura.
¿Qué podía hacer el continente con su oro si no tenía fábricas? ¿Con su café si no tenía flotas? ¿Con su arte si el mercado solo bebía petróleo?
Así, el Sur se volvió proveedor de lo sagrado y de lo inútil a los ojos del dinero: santos, altares, mestizaje, arquitectura celestial. Cada catedral fue un manifiesto de riqueza espiritual… pero en el lenguaje de las bolsas de valores, una ruina improductiva.
Y sin embargo, en esas piedras labradas y en esos hospitales de monjas se fundó algo que el capital jamás supo medir: una civilización del alma.
III. El arte, ese lujo innecesario
El siglo XIX y el XX vinieron a dictar sentencia: el arte no paga impuestos, pero tampoco los genera. Las catedrales se volvieron atractivos turísticos; las vírgenes, souvenirs; y los artistas, bohemios condenados a la miseria estética.
La economía globalizada, con su aire de progreso, clasificó la pintura y la música junto con el ocio: algo deseable, pero prescindible. Así, mientras los bancos multiplicaban los panes del interés compuesto, el pintor seguía ayunando.
Se olvidó que el arte fue, durante siglos, la moneda del espíritu; que la Capilla Sixtina, los retablos de Cusco o las partituras de Bach son inversiones eternas, de esas que no cotizan pero salvan.
IV. De la subsistencia al alma
Las actividades humanas pueden dividirse en dos: las de subsistencia y las de elevación. Las primeras mantienen al cuerpo; las segundas justifican su existencia. El capitalismo ha hecho un culto de la primera, y el catolicismo —con su sospecha del dinero— ha idealizado la segunda. Entre ambas visiones el mundo ha oscilado, con una pierna en el suelo y otra en el cielo.
Tal vez el futuro consista en reconciliar ambas naturalezas: un sistema donde la necesidad no devore la libertad, donde el pan y el poema sean parte del mismo salario. Llegará —quizás— el día en que las máquinas produzcan tanto que el ser humano quede libre para producir belleza. Entonces el arte dejará de ser un lujo, y el trabajo, un castigo.
V. Epílogo: el día en que los banqueros canten
Quizás la verdadera riqueza no sea el dinero, sino el tiempo: tiempo para contemplar, para crear, para amar sin contrato. Tal vez un día los bancos quiebren por exceso de música, y las fábricas cierren porque todos prefirieron pintar.
Entonces el mundo será, por fin, católico y protestante a la vez: rezaremos trabajando y trabajaremos creando.
Y quizá Dios —ese eterno inversor en almas— sonría satisfecho al ver que la humanidad, después de tanto oro y tanto sudor, entendió al fin su más simple parábola: que el talento no se entierra, se multiplica.
Última actualización: 03/11/2025







